«El siervo del Señor no debe andar peleando; más bien, debe ser amable con todos.» — 2 Timoteo 2:24
Conozco a alguien que dejó la fe porque su iglesia se partió en dos.
No fue por un escándalo moral. No fue por dinero. Fue por la doctrina de los dones espirituales. La mitad creía que los dones milagrosos siguen vigentes. La otra mitad creía que cesaron con los apóstoles. Lo que empezó como un estudio bíblico terminó con familias que llevaban años cenando juntas y que dejaron de hablarse.
La persona que conozco no se fue con ningún bando. Se fue de la fe.
«Si esto es lo que produce creer en Dios», dijo, «prefiero no creer en nada.»
Las heridas que no sanamos
«Church Hurt» — herida de iglesia. Es un término que ha ganado tracción en los últimos años. En inglés, en español, en todos los idiomas donde hay cristianos. La idea de que la iglesia, el lugar que debería ser refugio, se convirtió en el lugar donde te lastimaron.
Y una proporción importante de esas heridas tiene raíz doctrinal.
La historia no es nueva. En 1054, la iglesia cristiana se dividió en dos — Oriente y Occidente — por disputas teológicas sobre el Espíritu Santo y la autoridad del Papa. En 1517, la Reforma partió a Occidente. De la Reforma salieron cientos de denominaciones. De esas denominaciones, miles. Hoy son más de 45,000.
Cada división con sus razones. Muchas legítimas. Algunas necesarias.
Pero el patrón es claro: la doctrina, usada como arma, ha causado heridas profundas.
El diagnóstico equivocado
Ante tanta herida, la conclusión parece obvia: la doctrina es el problema. Si la doctrina divide, eliminemos la doctrina. Quedémonos con «Jesús y ya». Amor y punto. Menos teología, más relación.
Es una conclusión comprensible. Pero, ¿es correcta?
Si un bisturí en manos de un cirujano borracho causa daño, ¿el problema es el bisturí o el cirujano? ¿Prohibimos los bisturís o capacitamos mejor a los cirujanos?
La doctrina mal usada es peligrosa. Sin duda. Pero la doctrina bien entendida es exactamente lo que necesitamos para sanar las heridas que la doctrina mal usada causó.
Suena paradójico. Pero piénsalo.
Las preguntas que nadie hizo
¿Esa iglesia que se dividió por los dones? ¿Alguien se detuvo a preguntar: «¿Este tema es lo suficientemente central como para justificar una división?» ¿Alguien distinguió entre una doctrina fundamental — como la resurrección de Cristo — y una doctrina sobre la cual cristianos sinceros han discrepado por siglos?
Probablemente no. Porque no tenían un marco para hacer esa distinción.
Y ese es el punto. No es que hubiera demasiada doctrina. Es que no había suficiente claridad sobre qué tipo de doctrina estaban discutiendo.
¿Era una cuestión de vida o muerte espiritual? ¿Era una diferencia importante pero no esencial? ¿Era una preferencia legítima sobre la cual podemos discrepar con respeto?
Sin esas categorías, todo se siente igualmente importante. Y cuando todo es igualmente importante, cualquier desacuerdo se convierte en guerra.
El dolor es real
No estoy minimizando las heridas. Si fuiste lastimado por un conflicto doctrinal en tu iglesia, ese dolor es real. Legítimo. No necesitas que nadie te diga que «lo superes» o que «perdones y sigas adelante» como si fuera simple.
Pero sí te invito a considerar que el problema quizás no es la doctrina en sí. Quizás el problema es que nos dieron un arma sin manual — una herramienta poderosa sin instrucciones de uso.
¿Y si existiera una forma de acercarse a la doctrina que une en vez de dividir?
Profundiza en la Wiki Doctrinal
La pregunta «¿La doctrina divide o une?» tiene una respuesta más matizada de lo que parece. La exploración completa — con historia, análisis y propuesta — está aquí:
→ Doctrina: ¿División o Unidad? — De las heridas a la sanidad.
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