«Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» — Mateo 18:20
Lo escucho cada vez más. En conversaciones privadas, en redes sociales, en confesiones a media voz:
«Dejé mi denominación. Pero no dejé la fe.»
A veces lo dicen con alivio. A veces con dolor. Casi siempre con algo de culpa — como si supieran que «no deberían» haberlo hecho pero no pudieron evitarlo.
¿Los juzgamos? ¿Los entendemos? ¿O hacemos algo más difícil — les preguntamos qué fue exactamente lo que dejaron?
Las razones que nadie quiere escuchar
Los estudios son claros. Las razones principales por las que las personas dejan su denominación no son teológicas — son relacionales:
Manipulación. Líderes que usan la autoridad espiritual para controlar. «Dios me mostró que tú debes hacer X.» «Si te vas de esta iglesia, estás fuera de la voluntad de Dios.»
Incapacidad de preguntar. Ambientes donde las dudas se interpretan como falta de fe. Donde cuestionar al pastor es cuestionar a Dios. Donde pensar diferente es rebelión.
Abandono en crisis. Personas que fueron fieles durante años y cuando enfrentaron un divorcio, una enfermedad, una depresión — la denominación desapareció. O peor: juzgó.
Hipocresía institucional. La diferencia entre lo que se predica y lo que se practica. Llamados a la transparencia desde púlpitos donde las finanzas son opacas. Sermones sobre humildad desde plataformas diseñadas para exaltar al predicador.
Estas no son excusas. Son experiencias reales de personas reales. Y descartarlas como «falta de compromiso» o «ovejas sin pastor» es añadir herida sobre herida.
La distinción que cambia todo
Hay una diferencia crucial que pocas veces se hace: dejar una denominación específica no es lo mismo que dejar la Iglesia como cuerpo de Cristo. La Escritura es clara en que la vida comunitaria es parte esencial de la fe — «no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre» (Hebreos 10:25). Pero muchas personas han tenido que salir de un lugar concreto para preservar su fe.
Entonces la pregunta no es «¿dejaste la iglesia?» sino «¿qué es exactamente lo que dejaste?»
¿Es un edificio? ¿Una organización con acta constitutiva y junta directiva? ¿Un servicio dominical con banda, predicación y ofrenda? ¿Una estructura con pastor principal, pastores asociados, líderes de ministerio y «ovejas»?
¿O es algo diferente?
Cuando el Nuevo Testamento habla de la iglesia, describe algo que se parece muy poco a lo que la mayoría experimentamos. Describe personas reunidas en casas. Compartiendo comida. Orando juntas. Enseñándose mutuamente. Sin programas. Sin presupuestos. Sin edificios.
No estoy diciendo que los edificios o los programas sean malos. Estoy preguntando: ¿son «la iglesia»? ¿O son herramientas que la iglesia usa — y que a veces la iglesia confunde con sí misma?
Ni juzgar ni validar
No voy a decirte que está bien dejar tu denominación. Tampoco voy a decirte que está mal. Porque la respuesta depende de qué estés llamando «iglesia».
Si dejaste una denominación tóxica que te hacía daño, eso puede ser saludable — e incluso necesario para preservar tu fe. Pero si dejaste toda forma de comunidad cristiana porque «Jesús y yo estamos bien solos», eso es otra cosa — porque la fe cristiana es, por diseño, comunitaria (Hebreos 10:25).
La pregunta no es «¿asistes a una iglesia?» La pregunta es «¿vives en comunidad con otros creyentes?» Y eso puede tomar formas que la iglesia institucional no siempre reconoce.
La invitación
Si dejaste tu denominación, no te juzgo. Te invito a preguntarte: ¿qué dejaste exactamente? ¿Y qué necesitas encontrar para seguir viviendo tu fe en comunidad?
Si estás en una denominación, te invito a preguntarte: ¿mi comunidad se parece más a lo que describe el Nuevo Testamento o a una organización con lenguaje cristiano?
No hay respuestas fáciles. Pero hay preguntas que vale la pena hacerse.
Profundiza en la Wiki Doctrinal
¿Qué es realmente la iglesia según la Escritura? La respuesta podría sorprenderte — o liberarte:
→ La Iglesia — Cuerpo de Cristo, no institución humana.